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Un embrión llamado colegio

Queridos lectores,

Ya hemos respondido a las preguntas ¿por qué? y ¿para qué talleres de padres? Atrevámonos a hacer otra buena pregunta

¿Qué vamos a ofrecer en los talleres de padres?, ¿Cuál será su contenido?

¡Genial! Estas preguntas implican un viaje transversal a través del tiempo y es aquí donde encontramos la gema, el valor de lo que se escribe en estas páginas. Precisamente es la experiencia la que deseamos compartir, con nuestros aciertos y equivocaciones, probando y corrigiendo.

En el año 2010 abrimos las puertas del colegio y fuimos creando talleres cuyo objetivo era que los padres aprendieran la filosofía del colegio. El colegio presentaba una nueva forma de enseñar, de vivir y de ser, todo incluido en la palabra “educare”.

Pero un colegio es un ente parecido a un embrión humano, que se modifica segundo a segundo y obliga al medio a surtirlo.

Entonces los talleres se dedicaron a atender las necesidades del colegio: el pacto de convivencia, las didácticas pedagógicas, el rol de los padres dentro de los procesos de aprendizaje.

Luego el colegio mismo y sus directivas entraron en un proceso de renovación y cambio y pasamos de tener un preescolar a tener una primaria y a gestionar la construcción de una sede que cumpliera con los requerimientos de infraestructura. Es entonces donde los temas de los talleres refuerzan el valor de la unidad, el trabajo mancomunado, las mingas, los objetivos comunes. Una vez alcanzado el objetivo, en la nueva sede retomamos los talleres, esta vez en un espacio amplio y propio, lo que nos proveía de raíces y solidez.

La nueva sede se presentó como la oportunidad de vivenciar la sacralidad de los espacios, su cuidado, el mantenimiento, la responsabilidad de cada uno para la preservación del lugar y por supuesto, los padres estaban incluidos en esta intención. El siguiente año este embrión llamado colegio pasó a feto y pidió nuevamente atender asuntos urgentes. Un brote de agresiones entre los niños e indisciplina, condujo nuestra mirada a una nueva meta. Dedujimos que los niños imitaban lo que veían en casa y nuestra intervención se basó en proveer herramientas no violentas para la crianza, con el fin de reemplazar las agresiones físicas o psicológicas. Reforzamos la técnica de sentarse en silencio para atenuar la impulsividad, propusimos hacernos responsables de lo que sucedía en lugar de defender o atacar y practicamos algunas técnicas de disciplina positiva.

Curiosamente la asistencia al taller de padres era cada vez menor.

Nuestro colegio, al ser privado y gratuito, tiene a manera de contraprestación o pago, la obligatoriedad de los talleres de padres, así que no solo está en juego la asistencia a los talleres si no la permanencia del infante en la institución. Esto nos lleva a replantear los talleres y a suponer que algo con nosotros no iba bien. Al año siguiente decidimos, no tratar de modificar un comportamiento, porque supone mucho esfuerzo para un resultado escaso, sino intervenir en la causa del comportamiento.

Viajamos a observar y reconocer las propias pautas de crianza y a observar cómo la manera de educar y corregir es aprendida de nuestra experiencia personal al ser niños. Incluimos el reformular los patrones de crianza desde lo que nos hubiera gustado a nosotros tener y ser corregidos. ¡Mayúsculo fracaso! La asistencia a los talleres continuaba en picada y los que asistían consideraban que, si habían sido educados a palo y habían salido “buenos”, el sistema de formación era un éxito.

Se enciende la alerta para los coordinadores y facilitadores del taller de padres. ¡Vamos desaprobando!

Nos propusimos mirar hacia atrás y a partir de la siguiente reflexión volvimos a modificar el curso de los talleres: Hemos enfocado el tema inicialmente en ofrecer herramientas de crianza no violenta y luego en tener una mirada retrospectiva de la propia formación para construir una nueva. Ambas miradas iban a modificar un comportamiento no deseable en ellos, impactando a los niños positivamente. Algo no funcionaba en esta fórmula.

Entonces, cambiemos la mirada y reforcemos un comportamiento deseable que ya se está dando. Pasemos de mirarlos con ojos de “lo estás haciendo mal”, deseando que seas distinto, a “lo estás haciendo bien”, síguelo haciendo así y mejor.

A partir de aquí hubo un cambio mayúsculo en nuestra manera de trabajar y no fue el único. En el próximo escrito ahondaremos en el último cambio que fue el que le dio un sentido muy distinto a nuestro trabajo.

En conclusión, el ¿qué vamos a ofrecer en los talleres de padres?, se ha ido modificando en el tiempo a medida que nosotros como facilitadores hemos ido entendiendo la interacción entre todas las partes de la institución educativa, los ciclos vitales de la institución y primordialmente nuestros propios pasos interiores. Pretendimos compartir una mirada panorámica de lo que fue nuestro caminar en la pregunta planteada y algunas de las reflexiones que se suscitaron a partir de  indicadores como la asistencia o inasistencia a los talleres.

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